Inefable jengibre

Por Elisabeth Checa


Hasta hace pocos años no se lo encontraba en las verdulerías barriales. Ahora resulta un imprescindible a la hora de los exotismos o de las sencilleces como una sopa de calabaza.


Una raíz perfumada, entre picante y cítrica, poseedora de un sabor único.

El rizoma, de look retorcido, es originario de la India y de Ceilán pero fue introducido en Europa mediados del siglo I. Cuatro maestros legendarios, un griego, un romano, un judío y un árabe fundaron una escuela en Salerno que prosperó durante toda la Edad Media. Fue en esos tiempos cuando el jengibre fue reconocido por sus milagrosos multiusos. Una de las razones que ya habían detectado los sabios de Salerno era su poder digestivo, pero también afrodisíaco.

Forma parte imprescindible de la cocina chifa, esa fusión entre sabores chinos y peruanos. Utilizado hasta en los tragos, como el popular chilcano (pisco con ginger ale) y para perfumar gin tonic en las barras del mundo.

Aunque la revolución culinaria del renacimiento no favoreció al rizoma, que pronto pasó de moda en Francia, siguió siendo apreciado en los países anglosajones, flamencos y escandinavos. Estas naciones consumían diez veces más jengibre que los franceses en pastelerías y guisos.

Eso fue hasta los últimos años cuando irrumpieron las fusiones y la moda de la cocina asiática en la que el jengibre es protagonista.

Un toque de jengibre convierte una simple ensalada de frutas, un sorbete, un ceviche o un plato de verduras hecho en el wok en estimulante, sabroso y sensual y es indispensable en los chutneys, esas salsas agridulces que los ingleses importaron de la India y tan bien va con curries o carnes frías.


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