La morocha argentina

Por Elisabeth Checa


La uva Malbec llegó a Argentina de Francia a mediados del siglo XIX traída por un amigo de Sarmiento, Aime Pouget. En su lugar de origen tiene muchos nombres: Côt, Malbeck, Cahors.

Estuvo muy difundida en suelo francés hasta la llegada de la filoxera, una plaga que diezmó prácticamente la totalidad de los viñedos a principios del siglo pasado. Se la sigue cultivando en Cahors, el sudeste de Francia, y da vinos más ásperos y rústicos. Para esta uva, como para madame Ivonne, la cruz del sur fue su destino.

Aquí adquirió una personalidad única. Pero fue recién en los 80 que se descubrió toda su potencialidad, su riqueza. Durante muchos años se la trató como uva para vinos comunes y casi no tenia nombre “la francesa” la llamaban los vinicultores.

Ahora el mundo la descubrió. Los amantes del vino del mundo quieren conocer al Malbec argentino. Es en Mendoza donde esta variedad despliega toda su grandeza, principalmente en la zona alta del río Mendoza y en el Valle de Uco. En Agrelo y Vistalba (Luján de Cuyo) alcanza una óptima acidez, gran cuerpo y capacidad para el envejecimiento. Los Malbec provenientes de Salta son más salvajes, profundos y oscuros. En los últimos años los Malbec patagónicos, de San Patricio del Chañar, Neuquén, Río Negro y Chubut, asombran a los consumidores por una identidad bien definida.

Alguien dijo que el Malbec tiene Umami, un quinto sabor, un concepto entre sensorial y metafísico inventado por los japoneses. Pruébelo a conciencia, lo tiene y es único.

Celebremos su día: el 17 de abril y brindemos con Malbec todo el año. El mundo reconoce sus virtudes.


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