Reflexiones para San Valentín

Infinitos peligros acechan a los apasionados que deciden que la hora de la comida es un momento sublime, un introito a otros goces y otros ámbitos. En una casa o en un restaurante, las situaciones son tan frágiles y fugaces como los deseos, estamos demasiado expuestos a los otros.


Un rumor, un bullicio, una discusión de la pareja de la mesa de al lado, o aun peor, el silencio de esa pareja aburridísima, una música infernal, el pescado demasiado hecho, fría la entrañable entraña , el vino oxidado o demasiado caliente, el maltrato de los mozos, la larga espera de los platos. Y, además hay que pagar. Mucho.

Se supone que ostras y champagne es la combinación perfecta para erotizarnos. En su medida y armoniosamente, porque hasta la más descocada muñeca brava puede adormilarse en lugar de brillar con las estrellas descubiertas por Dom Perignon. Recordar el proverbio árabe “nada peor que un café frío y una mujer dormida…”

El ají y sus infinitas manifestaciones eran, en la cultura preincaica moche, una representación y elemento de virilidad entre los varones. Cuanto más picante se consumía, crecían la virilidad y los fuegos. Pero ojo el excesivo ardor mata cualquier ardor. Nadie enchilado puede apasionarse.

Los afrodisíacos no existen, “l´ more e cosa mentale”, dijo el Dante, y el vino es más existencial que esencial (digo yo). En circunstancias especiales (y amorosas) aparecen algunos aromas, texturas y sabores que muchas veces pueden ser estimulantes, depende de los hombres y sus historias.

Ya lo conté, insisto: un Torrontés o un Sauvignon Blanc de aromas desbordados que recuerdo con empanadas salteñas en los Valles o con cornalitos en la playa remiten a las esplendorosas siestas del verano, al asunto amoroso. Eso si, si en la mesa, en ese momento sublime y anticipatorio un sommelier susurra los descriptores del Torrrontés o del Sauvignon Blanc y algún colega comienza a analizar las empanadas o los cornalitos como si fueran cadáveres, todo ardor perecerá.

Para terminar: Francis Mallmann, el ilustrado poeta cocinero a quien conozco desde hace añares, siempre fue un maestro a la hora de metaforizar productos: desde caracoles y sus jugos hasta sencilleces cotidianas como una colita de cuadril que aconsejaba acariciar , para desconcierto de las señoras de su casa que leían sus recetas, como si fuera una púber en celo. Nunca recomendó como evitar las situaciones deserotizantes.
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