Tragos de cine
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Decía Manuel Vázquez Montalbán: “la coctelería y los taxis son las dos cosas que hacen soportable la vida en las ciudades”. Como si hubieran tomado nota de esta reflexión, son muchísimos los directores que han adornado sus escenas con algún cóctel, incluso en la actualidad, cuando la televisión y el cine se han convertido en soportes publicitarios para promocionar las diferentes bebidas.
Es cierto también que muchas veces esa flaca que sirve o pide los tragos en situaciones placenteras e íntimas opta por copa de Chardonnay, si es posible biodinámico, como en el último film de Polanski,” El escritor fantasma”. Hasta hace unos años el vino reemplazaba a las mezclas en las barras, en la vida y en el cine. Pero los cócteles volvieron con todo, en Buenos Aires y en el mundo. Ahora vinos y tragos conviven armoniosamente en el celuloide.
A los amantes del cine, ciertos cócteles les remiten directamente a determinadas escenas de filmes clásicos, y viceversa: a los amantes de la coctelería, ciertas películas reviven el sabor de otros tantos clásicos del arte de la alquimia de destilados, jugos, jarabes y especias.
El fenómeno no es nada nuevo. El efecto provocado por el Cosmopolitan de Sexo en Nueva York es el mismo que tuvo en su día Eva al desnudo (1950), en la que la gran Bette Davis, en el papel de la malvada Margo Channing, se bebía de un trago un Gibson –compuesto por Martini seco, gin y una cebolla en vinagre– y anunciaba: “Ajústense los cinturones, va a ser una noche movida”. Como es fácil deducir, el Gibson es bastante más fuerte que el Cosmopolitan (vodka, Cointreau, jugo de arándano y lima).
James Bond es otro que creó escuela desde el celuloide, impulsando a miles de fans a descubrir los secretos de la coctelería. Así, es famosa la indicación que hace Sean Connery en Dr. No (1962), cuando pide un Dry Martini “batido, no revuelto” que en realidad era un Vodkatini, ya que la marca de vodka Smirnoff había pasado debidamente por caja.
Timothy Dalton, en Licencia para matar (1989), y Pierce Brosnan, en Goldeneye (1995), repitieron el mismo cóctel en cuanto tuvieron la oportunidad de encarnar el papel del famoso agente 007.
Tampoco hay que olvidar los tragos preparados a base de champagne en el relato de la rica relación entre el cine y los tragos. Es el caso del Champagne Cocktail (champagne, brandy y angostura) que Humphrey Bogart, en la piel de Rick Blaine, se negaba a compartir con Ingrid Bergman (Ilsa Luna) en Casablanca (1942), con una excusa poco convincente: “Nunca bebo con los clientes”.
Y otro dato sobre el champagne: Marylin Monroe fue, entre otras cosas, una gran amante de las burbujas francesas, hasta el punto de que existe un cóctel con su nombre, preparado a base de champagne, brandy y granadina.
Más recientemente, los cócteles vuelven a ser protagonistas en El Padrino II (1974), donde Al Pacino enseña a John Cazale a preparar un Banana Daiquiri (ron, banana y limón, suena fatal), Abierto hasta el amanecer (1988), en el que se mostraba una curiosa forma de degustar el Tequila Sunrise (tequila, crema de cassis, zumo de lima y soda), Adiós a Las Vegas (1995), donde Nicolas Cage –en uno de sus mejores papeles– decide acabar con su hígado entregándose a los shots de tequila con limón y sal, El Gran Lebowski (1998), delirante película dirigida por los hermanos Cohen donde un torpe y desaliña Jeff Bridges no pierde ocasión de beberse un White Russian a base de vodka, licor de café y crema, horrible empalago.
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