La seducción del Maghreb

Por Elisabeth Checa


A solo 30 km de Tánger, esa ciudad elegida por Bowles y por tantos otros bohemios merodeadores del mundo, se encuentra Assilah: lugar emocionante.


Estaba en Málaga en un congreso de gastronomía y me invitaron a Assilah. 

Fue la ocasión para pisar otra vez el Norte de África, el Maghreb, región que ya conocía por haber vivido un año en Argel.

Al llegar hubo que trepar a la medina, la ciudad árabe fortificada con un muro portugués del siglo XVII.

El desayuno de todos los días consistía en café muy fuerte (a la turca) con un pan - que se asa en horno de barro- crocante, fino y dorado con aceite de oliva de la región.

Pude recorrer la medina, sus casas disimuladas y sin ventanas, ninguna opulencia exterior. Saliendo está el puerto de pescadores. Allí se consiguen pescados por centavos. 

Fui cada mañana de esos tres días a Briech, a 15 minutos, una playa extensa de aguas claras y tibias. Todos los mediodías almorzamos en un pequeño chiringuito de la costa donde su dueño asaba las sardinas sobre brasas y lo acompañaba con ensaladas fresquísimas de tomate, pepinos y aceitunas.

La opción eran los tahine (pescados guisados) y el omnipresente té a la menta, con profusión de hojas verdes, servido a la manera tradicional con un preciso y largo chorro y con la tetera bien arriba.

Lo mejor que probé en el lugar, preparado por una cocinera inspirada: Pastilla de pollo, un especiado pastel de masa hojaldrada finísima.

Y los viernes Cous-Cous, pero esa es otra historia.


No te pierdas el especial "Cuando vaya a Marruecos" de la mano de Verónica Zumalacárregui.

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