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Eros en la mesa

Por Elisabeth Checa

Los cinéfilos memoriosos recordarán a aquella famosa escena de las ostras de Barry Lindon, de un erotismo subyugante: Marisa Berenson las paladeaba frente a Ryan O´Neal con una voluptuosidad sutil y desmedida. Sugerente de otros goces.

Infinitos peligros acechan a los apasionados que deciden que la hora de la comida es su momento sublime, un introito a otros goces y otros ámbitos. En una casa o en un restaurante las situaciones son tan frágiles y fugaces como los deseos, estamos demasiado expuestos a los otros.

Un rumor, un bullicio, una discusión de la pareja de la mesa de al lado, o aun peor el silencio de esa pareja aburridísima el uno del otro, una música infernal, el pescado demasiado hecho, el vino oxidado o demasiado caliente, el maltrato de los mozos, la larga espera de los platos.

En casa: los niñitos itinerantes que adormecen todo erotismo, las siestas asesinadas por la irrupción de amigos que justo en ese momento decidieron caer como peludo de regalo a tomar unos mates. El mate, pese a las succiones, tiene sensualidad cero. O un partido de fútbol relatado como un fondo lejano y deprimente. Sabemos, especialmente las mujeres, que nuestro acompañante estará con la cabeza en el partido y que partirá raudo antes del postre aunque la situación placentera viniera in crescendo.

Traumas con el fútbol como bajoneante de situaciones apasionadas: recuerdo y esto sí es una experiencia personal, despertar en el Crillon, frente a la Place de la Concorde un domingo de fina garúa en Paris, pedimos el desayuno a la habitación con café, croissant, por supuesto, pero también añadimos la propuesta Taittinger: una deliciosa quiche de salmón y una botella de champagne Taittinger. Ninguna situación más placentera. No pudo ser. Mi acompañante encendió la TV, había un partido clave entre Barca y Real Madrid.

Helas! Me fui a dar unas vueltas alrededor de la pirámide, a la Concorde y llegué al Sena, al Pont Mirabeau, con una triste canción de Leo Ferre en mi cabeza, basada sobre un poema de Apollinaire. No se me ocurrió recurrir al ají y sus infinitas manifestaciones que eran, en la cultura preincaica moche, una representación y elemento de virilidad entre los varones. Cuanto más picante se consumía, crecían la virilidad y los fuegos. Pero ojo el excesivo ardor mata cualquier ardor. Nadie enchilado puede apasionarse.

Peces, monos, roedores, aves, toda la variedad de la fauna amazónica sirve al hombre para integrar su fortaleza sexual. Todo monte es un goce, insisten los amazónicos. En todo caso si se decide por el Krug Rosé y el cebiche en lugar de algún animalito de la selva, o el Taittinger y la quiche de salmón como en el Crillon, no estará a salvo de imprevistas irrupciones de la realidad en ese universo soñado de la pasión.

Se supone que ostras y champagne es la combinación perfecta para erotizarnos. En su medida y armoniosamente, porque hasta las más descocada muñeca brava pueden adormilarse en lugar de brillar con las estrellas descubiertas por Dom Perignon. Recordar el proverbio árabe “nada peor que un café frío y una mujer dormida…”. Creo firmemente que no existen los afrodisíacos. Como dijo el Dante “l´ amore e cosa mentale”. Pero aparecen algunos aromas, texturas y sabores que muchas veces pueden ser estimulantes, depende de los hombres y sus historias. Tienen que ver más con la memoria al estilo de de las magdalenas de Proust (nada menos erotizante). El perfume de una casa un domingo al mediodía con el estofado oloroso a laurel y a tomillo, los vahos de una sopa de verduras en invierno. Son aromas entrañables, pero de ninguna manera excitante, se disparan los recuerdos de la infancia. Sin embargo un Torrontés o un Sauvignon Blanc de aromas desbordados que recuerdo con empanadas salteñas en los Valles o con cornalitos en la playa remiten –es personal- a las esplendorosas siestas del verano, al asunto amoroso.

Eso si, si en la mesa, en ese momento sublime y anticipatorio un sommelier me susurra los descriptores del Torrontés

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