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Amores en fuga

Por Elisabeth Checa

Infinitos peligros acechan a los apasionados que deciden que la hora de la comida es su momento sublime, un introito a otros goces y otros ámbitos. En una casa o en un restaurante las situaciones son tan frágiles y fugaces como los deseos, estamos demasiado expuestos a los otros.

Un rumor, un bullicio, una discusión de la pareja de la mesa de al lado, o aun peor el silencio de esa pareja aburridísima el uno del otro, una música infernal, el pescado demasiado hecho, fría la entrañable entraña, el vino oxidado o demasiado caliente, el maltrato de los mozos, la larga espera de los platos. Y, además hay que pagar. Mucho.

En casa: los niñitos itinerantes que adormecen todo erotismo, las siestas asesinadas por la irrupción de amigos que justo en ese momento decidieron caer como peludo de regalo a tomar unos mates. El mate, pese a las succiones, tiene sensualidad cero. O un partido de fútbol relatado como un fondo lejano y deprimente. Sabemos, especialmente las mujeres, que nuestro acompañante estará con la cabeza en el partido y que partirá raudo antes del postre aunque la situación placentera viniera in crescendo.

Se supone que ostras y champagne es la combinación perfecta para erotizarnos. En su medida y armoniosamente, porque hasta las más descocada muñeca brava pueden adormilarse en lugar de brillar con las estrellas descubiertas por Dom Perignon. Recordar el proverbio árabe “nada peor que un café frío y una mujer dormida…”

El ají y sus infinitas manifestaciones eran, en la cultura preincaica moche, una representación y elemento de virilidad entre los varones. Cuanto más picante se consumía, crecían la virilidad y los fuegos. Pero ojo el excesivo ardor mata cualquier ardor. Nadie enchilado puede apasionarse.

Peces, monos, roedores, aves, toda la variedad de la fauna amazónica sirve al hombre para integrar su fortaleza sexual. Todo monte es un goce, insisten los amazónicos. Si se decide por un Krug Rosé y cebiche en lugar de algún animalito de la selva no estará a salvo de imprevistas irrupciones de la realidad en ese universo soñado de la pasión.

Los afrodisíacos no existen, “l´ amore e cosa mentale”. Pero aparecen algunos aromas, texturas y sabores que muchas veces pueden ser estimulantes, depende de los hombres y sus historias.

Sin embargo un Torrrontés o un Sauvignon Blanc de aromas desbordados que recuerdo con empanadas salteñas en los Valles o con cornalitos en la playa remiten a las esplendorosas siestas del verano, al asunto amoroso. Eso si, si en la mesa, en ese momento sublime y anticipatorio un sommelier me susurra los descriptores del Torrrontés o del Sauvignon Blanc y algún colega comienza a analizar las empanadas o los cornalitos como si fueran cadáveres, todo ardor perecerá.

Para terminar: Francis Mallmann, el ilustrado poeta cocinero a quien conozco desde hace añares, siempre fue un maestro a la hora de metaforizar productos: desde caracoles y sus jugos hasta sencilleces cotidianas como una colita de cuadril que aconsejaba acariciar, para desconcierto de las señoras de su casa que leían sus recetas, como si fuera una púber en celo. Nunca recomendó como evitar las situaciones deserotizantes.

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