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Vinos de una sola noche

Por Elisabeth Checa

Vinos de una sola noche

Cada vez más populares, los rosados del año aparecen para consagrar la primavera. De tonos impresionistas y leves, frescos y jóvenes, absolutamente versátiles, acompañan desde el aperitivo, los asados al sol, los sushi o  los ceviches hasta las madrugadas fiesteras.

Durante mucho tiempo se consideraron a los vinos rosados con prejuicios. Se los creía una banal mezcla de blancos y tintos (seguramente los hubo). Y, sobre todo se los pensaba como destinados solo a señoras etéreas o tías viejas.

Esa convicción la compartían perversa o inconscientemente los bodegueros  vinos rosa para nenas, vinos celestes –negros- para nenes. No es así, insisto el paladar no tiene sexo.

 Los rosados, como la divinidad pueden tener muchos rostros: muchos tonos. Dependen del tiempo de maceración del mosto con los hollejos, vinos de una sola noche los llaman los franceses, pero una noche es relativa, puede tener diferente cantidad de horas. Depende también del cepaje: un Malbec caracterizado por su púrpura intenso, dará rosados con tonos más violáceos que  un Cabernet Sauvignon o un Merlot.

Un rosé de Pinot Noir se inclinará mas hacia un rosa salmón. La gama es muy amplia: rosados casi fucsias,  rosa naif, encendido como las mejillas de las gorditas de Renoir, apenas sonrosado casi sin color, al estilo blush pasión de los 80.

En los aromas se revelarán las características de las variedades, mucho más atenuadas. En general se perciben vahos a frutillas, mezclados con cítricos, más o menos intensos. El sabor debería ser siempre fresco y brioso, con buena acidez que equilibre cierta lejana dulzura que suelen tener tantos rosados. Si esa dulzura invade, recuerda,   a los caramelos gomosos de fruta o a los Sugus.  No los soporto.

  En cuanto a la elaboración hay dos vías: o bien son resultados de sangrías, esa obsesión de algunos enólogos por conseguir mayor concentración  en materia y aromas, para lo que se extrae una parte del mosto al comienzo de la fermentación. Ese resto muchas bodegas lo utilizan par elaborar rosados. Es el equivalente a los buñuelitos de arroz con las sobras del risotto, aunque nos siempre es así: pueden ser restos, pero no desechables, ya que muchas veces estos   vinos  sometidos a sangrías son los top de las bodegas, por lo cual las uvas, la materia prima, fueron seleccionadas cuidadosamente.

 El otro modo de elaborarlos consiste en prensar las uvas tintas los suficiente para que el color deseado al mosto, la vinificación es luego igual a la de los vinos blancos. Hay rosados argentinos que nacieron como rosados, la uvas fueron tratadas  para ese fin desde el viñedo, como mi preferido, el del joven Matias Riccitelli, vanguardista sensible.

Me gusta también por su sensualidad típicamente salteña, el de Amalaya, rose de Malbec con un toque de Torrontes; el histórico de Susana Balbo y  el biodinámico de Noble de San Javier, de Nicolás Jascalevich de Traslasierra, Córdoba, que en esta cosecha 2015 superó a los anteriores. Y el  L’Argentin de Malarctic, muy al estilo de la Provence, de la Bodega Diamandes de propietarios franceses en el Valle de Uco.

En cuanto a los acuerdos con los platos hay que decir que los rosados son multiuso, pueden acompañar desde platos del sudeste asiático, hasta sopas, pero se lleva de maravillas con ciertos vegetales, como zucchini o calabacita. Claro no va a beber un copa de Rosé con un zapallito hervido o un puré de calabaza, pero si en quiches de buena sazón y profusión de hierbas. Todas las ensaladas casan con estos vinos y hasta se puede,   reemplazar en  la vinagreta, el antipático vinagre, enemigo del vino, por un chorrito de rosado, como lo vi hacer a Jean Paul Bondoux.

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