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Vinos apasionados

Por Elisabeth Checa

Vinos apasionados

Del 14 al 16 de febrero se lleva a cabo en Roquemaure, localidad situada a tan sólo 10 minutos de Avignon,  la Fiesta de San Valentín. Los restos de este personaje, protector de los enamorados,  reposan desde 1868 en la iglesia de este pueblo de la Provenza. La celebración se extendió a muchos lugares en el mundo.

Fue en aquel año, cuando los restos del santo llegaron con gran pompa a este pequeño pueblo vitivinícola y sus habitantes creyeron en su poder de protección esperando que pudiera devolver el vigor y la salud a los viñedos por aquel entonces enfermos,  atacados por la filoxera, ese cuco.
 
 Es en memoria de aquel día, que Roquemaure retoma el aspecto que poseía en el siglo XIX, con sus antiguas tiendas, su mercado y más de 800 personas vestidas con ropas de aquella época.
 
 Aunque es una fiesta importada, cada año crece en importancia en América Latina. Se celebra el amor, así de simple. No sé si hay vinos afrodisíacos, sé que ciertos vinos son más sensuales que otros por sus aromas, frescura, liviandad.
 
Se supone que ostras y champagne constituyen la combinación perfecta para erotizarnos. En su medida y armoniosamente, porque hasta las más descocada muñeca brava pueden adormilarse en lugar de brillar con las estrellas descubiertas por Dom Perignon.
 
Busquemos para celebrar San Valentín, junto a nuestros luminosos objetos del deseo, vinos para pasarlo bien no para analizarlos en el Wine Bar. En pleno verano violento, un tinto pesado y con mucha estructura, muy maderizado no ayuda ni al plato ni al amor ni a nada.
 
Mis recomendaciones van por el lado de la ligereza, la frescura, la buena acidez, la juventud. Pienso en los aromas florales del Torrontes, especialmente los de los Valles Calchaquíes, servidos a cualquier hora y  en cualquier lugar. El espíritu Torrontés  siempre destila pura sensualidad. Para enamorarse. Pasan como agua, atención. Como puede  pasar con el amor. Fugacidades.
 
 Ciertos Sauvignon Blanc que no maracuyeen en exceso, me gustan los que presentan cierta mineralidad y algo cítrico; los nuevos rosados elaborados como tales, como el de Susana Balbo, el nuevo de Luigi Bosca “A rose is a rose…”, el flamante rose de Bodegas del Desierto a base de Cabernet Franc, entre otros. Resultan perfectos para acompañar desde la sensualidad de platos mediterráneos, hasta los estimulantes sabores del sudeste asiático en Gran Dabbang, Sudestada o Green Bamboo.
 
 
 En cuanto a tintos siempre serán mis elegidos, por su rara personalidad, los misterios del Pinot Noir, falsamente inocente. Su color, rubí grisáceo, bastante claro y translúcido, engaña. En el fondo de la copa acecha la seducción  Pinot Noir, sus aromas terrosos, trufados, otoñales. Acabo de probar en Madrid el último Pinot Noir de la bodega chilena  Torres, Escaleras del Empedrado. Hay muy pocas botellas de este vino singular. Los mejores Pinot Noir argentinos comparten estas virtudes. Me gustan los de Chacra y los de Marcelo Miras, entre muchos otros.  
 
 Y entre las burbujas, todas o casi todas. Prefiero los Brut Nature, bien secos.Y me encantan los espumantes rosados como el de Luigi Bosca, el nuevo de Chandón, el de Cruzar. Las burbujas también forman parte de nuestra identidad. Solo falta ponerles un nombre. Espumantes,  espumosos, feas palabras. No sirven para el amor.
 
La fecha, San Valentín, pasa, los vinos quedan. Para celebrar el amor durante todo el año cualquier excusa es buena. Los afrodisíacos no existen. Ya lo dijo el Dante “l´amore e cosa mentale”.
 

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