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Paris no se acaba nunca

Por Elisabeth Checa

Ese es el titulo de la atrapante obra el escritor español Vila Matas, bastante autobiográfica. Tiene razón el autor. Paris es mutante pero también esencial. Un paso fugaz de Elisabeth Checa por esa ciudad emocionante, para amar y recordar.

La ciudad tiene una luz especial, hasta en esos poéticos días neblinosos. Afortunadamente en esta última y fugaz visita a la ciudad, estalló la primavera. April in Paris. Ni más ni menos.
Sigo siendo una fanática de la Rive Gauche, Saint Germain y aledaños, aunque ya no es lo que era, bohemio, imprevisible, un lugar donde uno podía encontrar a Ionesco bebiendo un grog en la Rhumerie - todavía existe sobre el Bd. Saint Germain, este bar donde el ron es protagonista- o a Marguerite Duras en Café de Flore.
Repito la ceremonia ni bien llego a esta ciudad: me instalo en la terrase del Café de Flore y pido un Sancerre. Miro pasar el mundo multiétnico. Esta vez acababa de llegar de Madrid, en el avión me encuentre con Rómulo Macció, de la patota de los pintores argentinos que recalaron en Paris. Va y viene. Quedamos en encontrarnos en La Palette, el bar de toda la vida, a metros del Sena.
Esta no quiere ser una crónica melancólica de los lugares históricos, aunque hay tantos que sobreviven, idénticos a si mismos, como el antiguo Bistro Polidor, donde comí la noche de mi llegada, tan cerca de la Sorbona, en rue Monsieur Le Prince. Allí fue mozo Orwell y aun conservan en un viejo armario, el cajoncito donde Boris Vian guardaba su servilleta. En mesas compartidas siempre se puede comer algún día fresco, una sopa de lentejas con foie gras, por muy pocos euros, acompañado de una pichet (jarrita) de vino de Cahors o de Languedoc
Otro rito posible que también pude cumplir: una parada en el Bar-à-Huitres, de Saint Germain y Rue Saint- Jacques. En la calle un malhumorado ofrece ostras de distintos tipos, erizos y otros moluscos, que abren allí mismo -como en tantas esquinas parisinas - , y que se pueden llevar a casa o al hotel para acompañar esa botella de Pouilly Fumé.
Una marejada. Esta vez probé una espesa sopa de pescados con su rouille y alioli, no exactamente una bouillabaise sugerida por mi anfitriona Mme. Ivonne (Brunhamer, ex directora del Museo de Arte decorativo de Paris) acompañada por un Chinon, combinación perfecta. Para las ostras, anónimo Sauvignon Blanc de Burdeos.
La mañana siguiente pasé por el mercado de la place Aubert, casi sobre el Bd. Saint Germain, con su impresionante oferta de quesos, panes y charcuterie. Y por el otro marché, cercano, el de la Rue Mouffetard, más extenso y bullicioso. Hay que subir por la Rue de la Montaigne- Sainte- Genevieve, y se llega a la Place de l a Contrescarpe, con sus cafés y sus bullicios de viejo quartier, que supo ser bohemio.
Los domingos, al mediodía, -felizmente esta vez me tocó- los vecinos bailan baguette bajo el brazo, valsecitos y javá. En la puerta de algunos de los bares del mercado, donde ofrecen secretos vins du pays elegidos por el patrón, un guitarrista desafina Brassens. Lugar clave de este mercado: la quesería Androuett con locales en todo Paris- 234, Rue Mouffetard- para hacerse de quesos increíbles.
Conocí en este viaje, el bistro Gaya Rive Gauche de Pierre Gagnaire. Hace unos años que los grandes chefs parisinos, como Gagnaire o Robuchon, abrieron bistros pequeños y posibles donde se pueden comer regionalismos aggiornados a precios humanos. En la soleada terrase del 44, Rue du Bac me regalé, un mediodía, sencillos manjares de gran estilo: como Amuse bouche un flan de foie gras con avellanas y rodajas de caqui, ostras, por supuesto, crudas pero en un caldo marino, con lentejas de Puy (denominación de origen mínimas, únicas) y una tarta de endivias y pomelo. Mi acompañante, una curiosa ensalada de remolachas al Campari, con rodajas de Cheddar. El menú tiene precios lógicos, hay platos entre 17 y 47 euros. Un sommelier muy atento sugiere y repone raros vinos por copa. Lo dejo hacer, es tan bueno que elijan por uno. Ese día se había copado con varios tipos de Chenin, casi todos añejos e interesantes.
Para ir al Marais, solo debo cruzar el Sena y me encuentro en este barrio que desde hace años viene pisando fuerte en diseño y gastronomía. Voy al grano: Izrael-30, rue Francois Miron, una casa de especias donde se puede conseguir desde pimienta de Senegal, hasta sal del Himalaya o todas la aceitunas maceradas al estilo marroquí , hasta yerba mate o dulce de leche. Un lugar perfumado e intenso. Tan intenso como Paris.
¿Qué mas? Caminar por los quais junto al Sena, darse una vueltita por Shakespare & Co, a la vuelta de Notre Dame, la librería donde iban todos (Eliot., Hemingway). Y volver, no hay otra. Aunque den ganas de anclarse para siempre en Paris.

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