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Maracuyá sobreactuado

Por Elisabeth Checa

Un sabor intenso e invasor invade en los últimos años desde el trago, hasta platos salados o dulces. El maracuyeo excesivo abruma.

Algunos lo llaman Fruta de la Pasión creyendo en sus supuestos efectos para el amor. Nada que ver, la historia es otra, más mística que pasional. Cuando los españoles la descubrieron en 1559 en Perú alucinaron, entre tanta cosa rara, que esa flor de la planta reptadora parecía la cruz de Cristo en el Gólgota. Otra pasión.

De todos modos la huella erótica persigue a ese aroma intenso, casi demasiado intenso. Si los españoles lo descubrieron en Perú en 1595, me pasó lo mismo pero en los 80 en el siglo pasado: mi primer contacto fue en un delicioso jugo para el desayuno, el segundo casi insoportable, el olor que quedaba en la lonchera que mi hijos llevaban a la escuela, de maracuyá tipo Tang, con su intensidad plástica y desbordante que quedaba adherida a la valijita del almuerzo. Ese olor me persigue, me remite a cielos grises limeños y a exilios. Entonces con el maracuyá tengo mis reparos. No debo ser la única.

Los Sauvignon Blanc, algunos, especialmente los neozelandeses de Cloudy Bay huelen a maracuyá, mango y tros tropicalismos. En España probé un Viura blanco del año, nada que ver con Sauvignon Blanc, que maracuyeaba de la misma manera. Claro ese aroma está de moda, y, evidentemente manipularon el vino, lo toquetearon con levaduras para que pareciera un falso Sauvignon Blanc de Nueva Zelanda. Por suerte, por acá, los blancos maracuyeadores empiezan a agobiar al consumidor.

Pero, solapadamente aunque exageradamente, aparece la fruta en forma de jugo, de salsa, de puré, de cosa. En tragos, como el Pisco Sour, al que endulza demasiado e inútilmente. En tiraditos, donde la fruta tapa la sutileza del pescado crudo, en sushi, salsas, postres, helados, perfumes ambientales, shampoo, cremas, dentífricos, pastillas de kioscos, té sofisticado...

El colmo del maracuyeo lo padecí hace pocos días: almuerzo en hotel cinco estrellas organizado por una de las mejores bodegas argentinas. Comprobé con consternación que la ensalada de langosta tenía la misma, exactamente la misma salsa del postre, un helado de coco: salsa de maracuyá. No fui la única en percibirlo.

El tema del ceviche y tiradito, bueno, tiene que ver con fusiones normales y ancestrales, ya que al no haber limones antes de la conquista española, los ceviches de ese momento (¿cómo se habrán llamado?) se hacían, para usar la extrema acidez de la fruta con maracuyá, al mejor estilo de los peruanos modernos de Palermo Hollywood. Sólo que no le ponían azúcar.

Si les gusta el maracuyá sugiero combinarlo con alguna salsa picante, un toque de salsa de rocoto o de ají amarillo, junto a la dulzura naranja. Y para acompañar, cualquier blanco que no huela para nada a maracuyá. Un Torrrontés salteño, por ejemplo.

Como fruta, sola es incomible, ácida y difícil, hay que hacer el jugo o comprar pulpa. Aunque insistan en sus propiedades para la vida eterna y los narcisismos porque ayuda a adelgazar, es anticancerígena, y energética, no es afrodisíaca. Solo el amor, aunque sea fugaz, es afrodisíaco.

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