Actualidad


Bocados detestables

Por Elisabeth Checa

Los sabores forman parte de la cultura, del hábito. No existen manjares absolutos ni horripilancias definitivas. Esto es lo que sostienen muchos gourmet ilustrados, políticamente correctos.

Pero en este vasto mundo, cada vez menos ajeno, he probado algunas cosas duras de roer. Cosas que huelen fatal pero saben bien, otras que emanan deliciosos aromas y tienen una textura desagradable. En todo caso hay que animarse a salir de los moldes culturales, especialmente si uno viaja.

Entre los peores recuerdos aromáticos: un invierno del siglo pasado en las afueras de Estocolmo en casa de amigos. Nieve, muchos grados bajo cero. Me encontraba en el subsuelo de esta casa de madera, bien <em>bergmaniana, rodeada de un bosque de abedules, cuando una oleada terrorífica me asaltó. Subí a la cocina- comedor (todas las casas suecas se come en la cocina) y un eufórico grupo de suecos del Norte estaban abriendo una lata de süstroming, arenque podridos -si, no hay metáfora- y enlatado, muy apreciados por los lapones. Azufres y carroña, el olor del diablo. Claro, como el ahumado, el secado o el salado, los sabores fermentados también preservan de los estragos del tiempo, sobre todo si están en lata.

¿Botulismo?, pregunto. Para nada, me contestan los lapones enojados. Supe que debía probar o probar esta agresión. Intenté olvidar el olor para concentrarme en el sabor, que servían con Acquavit helado y pan negro con manteca. Tragué un shot de este spirit bien fuerte como para anestesiar el paladar, y zácate, engullí el pescado rabioso. ¿Sabe qué? Riquísimo el arenque podrido, un sabor delicado que hacía olvidar la varanda (olor nefasto según el lunfardo porteño) brava. No traje latas de regalo para los timoratos paladares argentinos. Y alguien me dijo que no se podían llevar en el avión por si explotaba una. Ningún atentado peor. Nunca más pude encontrar al süstroming rastreando entre mi parentela vikinga (hijos incluídos). El espanto y la gloria quedaron en el recuerdo.

Hace un par de años visité Malasia, allí descubrí otra cosa horrorosa en forma de fruta, apreciadísima por los malayos. Una gran fiesta en casa del primer ministro, en Kuala Lumpur, donde acudí con otros periodistas viajados para un concurso internacional donde se premiaban libros sobre vinos y gastronomía.

La fruta en cuestión se llama Durian -duri en malayo quiere decir espina-. Su cáscara es espinosa y agresiva, de textura tipo Lovecraft. Aunque en el sudeste asiático se la considera la reina de las frutas, se huele antes de verla o probarla -como los arenques lapones-. En los hoteles está prohibido entrar con un durian en el ascensor, como se prohíbe entrar con süstroming en aviones. No se puede guardar en la heladera sino se empaqueta bien porque todo se contagia de su tufo.

Bueno, allí estaba el durian y estaban mis ansiosos anfitriones para ver el efecto que me producía esa cosa que olía a huevos podrido, cebolla fané, carne pasada…No me sucedió, pese a mi buena predisposición como con aquel arenque probado aquel invierno, nada placentero. Feo de sabor, como el de la cebolla pasada, textura sospechosa con sensación de gelatina. A lo mejor no entendí al durian, tan apreciado... Huí, imposible mentir.

ENVÍA TU COMENTARIO

Para poder enviar su comentario, debe iniciar sesión en nuestro sitio. ¿Aun no está registrado? Puede hacerlo fácilmente y de forma gratuita.
Aún no se han publicado comentarios.